El pasado fin de semana, tal como lo publicó EXPRESO, los habitantes de la ciudadela Guayacanes dejaron saber lo difícil que resulta vivir cerca de las lagunas de oxidación ubicadas en la autopista Narcisa de Jesús.

Que les resulta imposible llevarse un bocado a la boca debido a los malos olores que sus aguas generan, lamentaron. Que están cansados de la fetidez, del dolor de cabeza, de no poder invitar a nadie a casa o, más aún, de no poder caminar con tranquilidad en el sector porque nadie soporta el hedor, fueron otras de las quejas.

“Llevamos ocho años así y nadie hace nada. Interagua se mata diciendo que está tomando resoluciones, pero las afectaciones están allí”. Rita Ledesma vive hace 20 años en el vecindario y asegura que a diario, especialmente al mediodía, cuando la concentración es mayor a causa del sol, debe usar hasta mascarilla dentro de la casa porque los cinco miembros que integran su familia “escapan de vomitar”.

Leana Miranda, quien habita hace 13 años en Guayacanes, también lamenta que el consorcio no encuentre solución a un problema que incluso, revela, ha enfermado a su hija. “Pasa con ronchas todo el tiempo, con alergia y problemas intestinales. El olor nos está matando lentamente. Necesitamos ayuda porque la situación es invisible”.

Una situación parecida vive Fernando Bone, vecino de Sauces 4. “Aquí los olores son menos frecuentes, pero cuando se concentra es insoportable”.

José González, técnico del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi), asegura que lo dicho por los habitantes tiene lógica. Normalmente el viento sopla de sur y suroeste hacia el norte y nordeste, explica.

Esto significa que, según la intensidad del viento, todo lo que está cercano a las lagunas (Guayacanes, Brisas del Río, ciertos puntos de la cooperativa Juan Pablo II) y el lado opuesto al río Daule, en este caso La Puntilla, situada a unos 700 metros de distancia atravesando el río, puede percibir dichos olores.

“Siendo esa la distancia fácilmente pueden llegar los olores a las urbanizaciones de dichas zonas”. El viento sopla en distintas direcciones según los meses. Por eso, precisa, hay temporadas en las que se percibe con más fuerza.

María Fernanda Menoscal, residente de la urbanización La Fontana de La Puntilla, que colinda con el río Daule, es una de las afectadas. La moradora asegura que ella y sus vecinos también están cansados de convivir con la pestilencia. “La planta de El Limonal nos tiene hartos. El mal olor llega hasta la vía Samborondón y a toda hora”.

Una queja similar llegó en 2016 hasta las oficinas de la Agencia de Regulación y Control del Agua quienes, por pedido de la abogada ambientalista Inés Manzano, también habitante de la zona, inspeccionaron las instalaciones.

Para el ingeniero José Lazo, quien trabajó por 24 años con plantas de tratamiento, el problema se genera por el mal mantenimiento que se le da a las lagunas, producto de la falta de personal capacitado para manejarlas.

“Las plantas de por sí generan olores característicos de la digestión de la materia orgánica, pero estos olores se vuelven ofensivos cuando están mal operadas o los tiempos de retención en los estanques de tratamiento son demasiado largos”. Lazo explica que la planta puede ser de última tecnología, pero si el personal no tiene conciencia del efecto negativo que se produce por una mala operación “de nada sirve”.

Entre las soluciones que plantea el experto está en adquirir equipos de aireación. “La inversión es grande y los gastos de electricidad son altos, pero es el camino más sencillo”.

Respecto al tema, Ilfn Florsheim, vocera de Interagua que la semana pasada se reunió con los afectados, aseguró que la entidad está trabajando ya en un plan de acción que reduciría considerablemente los olores. El crecimiento que ha tenido el sistema de alcantarillado de Guayaquil -confirmó- ha hecho que llegue mayor cantidad de aguas servidas a las lagunas y, por ende, se agudicen las quejas.

“Desde hace algunos años hemos venido trabajando en mecanismos para reducir el impacto, hemos invertido $ 8 millones, sin embargo, el problema persiste”. Ahora Interagua ha optado por inyectar agua oxigenada al sistema (la falta de este elemento descompone las aguas). “Hemos realizado pruebas y los resultados han sido favorables”.

Pese a ello, los habitantes, que -dicen- estarán atentos a los cambios, consideran que la molestia solo se irá cuando las lagunas sean reubicadas. Interagua, que ha confirmado que no será posible, adelanta que el problema acabará con la planta de tratamiento Los Merinos, que estará ubicada en el mismo lugar y cuya obra, prevista a iniciarse en el 2020, permitirá tratar las aguas con procesos más tecnificados y procesos químicamente asistidos.

Según Ernesto Carrasco, presidente de la Federación Médica Ecuatoriana, la evaporación de estos olores que, asegura, tienden a percibirse hasta el sector de Los Vergeles, causa dolores de cabeza, náuseas, problemas respiratorias y una serie de alergias permanentes.

Lejos de lo que piensan los afectados, dice Carrasco, los olores, aunque se desplacen hacia los hogares (incluso con una que otra partícula tóxica) a través del viento, no generan daños gastrointestinales. Sí psicológicos. “Estar olfateando siempre esto les genera ansiedad, mal humor y, por ende, mucho estrés”.

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