El descenso del mar deja al descubierto las piedras y rocas en la playa de Ligüiqui, de la parroquia San Lorenzo (noreste de Manta).

Es el momento que espera Erik Rivera, de 27 años, para buscar entre los peñascos pulpos y ostiones, tal como lo hace desde antaño esta comunidad cuando hay baja mar.

Su vestimenta es cómoda. Carga unos zapatos de lona y camina plácidamente sobre las piedras donde halla estos manjares marinos.

Entre su “arte de pesca” porta el combo y el cincel que permiten extraer el recurso. También lleva el visor para capturar un poco más de estas especies al ingresar al mar.

Lo acompaña un pariente y dos amigos que están de días libres en su tarea de pesca sobre varias millas. Erik es del centro de San Lorenzo.

Hay días productivos pero cuando la marea no es tan descendente la captura es poca, como le sucede a las demás personas dedicadas a la actividad.

Los cuatro acompañantes de jornada aprovechan las primeras horas de la mañana. Ya cuando han terminado deciden limpiar ostiones y no dudan en saborearlos.

Elvis Pilozo, amigo de Erik, refiere que lo extraído es solo para el consumo en casa. “No vendemos, nos encanta hacer ceviches”.

A su hermano Joffre le gusta usar el visor, no le importa mojarse. No han pasado más de tres horas desde que llegaron y ya tienen un pequeño saco lleno.

De esta manera abandonan la zona y esperan llegar nuevamente en pocos días al lugar. Erik piensa que así como él faena en la zona han pasado tantas generaciones.

La tarea de pescar el pulpo y el ostión entre las rocas de este lugar es ancestral como lo afirma Libertad Regalado, historiadora manabita.

Esta parte de lo que es Ligüiqui se dedicaba a la pesca y proveía del recurso a toda la zona, porque era un centro recolector de pesca.

Más abajo se encargaban de la captura de la concha Spondylus, que era la moneda de intercambio, parte de un elemento de gran ritualidad no solo para los pueblos de la Costa del Ecuador sino para los de Perú y de Mesoamérica (término geohistórico para referirse al territorio que ocupaban las civilizaciones prehispánicas), refiere.

Para el arqueólogo Juan José Ortiz no cabe duda que toda esa comunidad aprovecha el mar casi al máximo.

Aclara que este fenómeno de que las especies queden atrapadas ahí en las piedras no es una cosa natural, es que antiguamente se hicieron unas construcciones que ayudaban a que eso pase, como son los corrales marinos. “Los habitantes han sabido de esto por años y actualmente se utilizan estos corrales como fuente de pescar recursos marinos”.

El presidente de la comuna, Domingo Alonzo, recuerda haberse involucrado en la captura de pulpos en las rocas desde muy chico.  Afirma que antes existían cantidades de pulpos porque no había buzos, “quienes ahora lo pescan y no dejan que venga a las rocas”.

Cree que los pulpos se capturan en mayor cantidad en los meses de mayo a septiembre, pues “al llegar las ballenas jorobadas estas emiten un sonido que los acerca a la orilla”. (El Telégrafo)

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