Todo empezó con un encuentro casual. Era septiembre de 2018 cuando una tortuga que iba hacia la playa de Same, en el cantón Atacames, se topó con el esmeraldeño, John Sosa Micolta, coctelero empedernido.

El reptil intentaba expulsar un sorbete plástico de su boca, pero su fallido intento solo lo acercaba a una asfixia. John evitó que muriera. Ese día se hizo la promesa de no volver a utilizar pajillas de plástico, ni como cliente ni vendedor de cocteles.

Ocho meses después su palabra sigue inquebrantable y su altruismo le impulsó a poner en práctica una idea que por meses rondaba por su mente, hacer del canuto de la hoja de la papaya, la materia prima para dejar de depender del plástico. Esto, porque cada sorbete de dicho material necesita no menos de 500 años para degradarse.

Muerte de mamíferos
El hallazgo de tortugas con sorbetes y otros plásticos es más común de lo que la gente piensa. GreenPeace, organización internacional ecologista, en uno de sus informes revela que entre el 40% y 60% de las tortugas ingiere plástico y que un millón de aves y más de 100.000 mamíferos marinos mueren cada año por ese contacto.

Solo en España se utilizan 13 millones de sorbetes por día. En Ecuador se estima que un solo restaurante puede emitir alrededor de 45.000 pajillas por año.

John no habla de las cifras de contaminación, para él es suficiente razón cuidar el ambiente. Solo pensar que un sorbete puede matar a una especie hace que mire su negocio de cocteles desde otra perspectiva.

“Ver esa tortuga me hizo pensar con tristeza que estamos destruyendo la Tierra, por eso quiero ser parte de la solución”, dice con la convicción de que esa es una tarea heroica.

Cortar los canutos desde las planta de papaya, es una de las acciones que realiza John Sosa, para que su negocio sea más ecológico.

Sueña ser empresario
John, el coctelero del pueblo de Same, quien sueña ser empresario, confiesa que no estaba convencido de que sus canutos serían aceptados por sus clientes, pero lo intentó de todas formas. Primero los cortó a 18 centímetros, los bañó en agua hirviendo para la desinfección y luego los llevó a la playa una tarde de fin de semana.

Uno a uno los clientes, la mayoría turistas que se hospedan en el complejo habitacional de Casa Blanca, no solo aceptaron el cambio, sino que lo felicitaron por la innovación ecológica amigable con la naturaleza y de fácil degradación. Ese un punto a favor y en contra para la idea de crecimiento empresarial de John.

El sorbete de papaya, luego de ser extraído de la mata, tiene un tiempo de vida útil de 15 días. Su orificio se cierra a la par que se va secando el canuto de textura suave y de color verde.

Luego de poner en funcionamiento su emprendimiento, habló con un amigo del extranjero y éste le dijo que en un container puede exportar entre 5 y 6 millones de sus sorbetes ecológicos.

En la playa de Same está ‘Capiroska’, el lugar donde el sorbete es ecológico, hecho con el canuto de la papaya.

Conservación de canutos
A John le preocupa cómo se conservarán los canutos durante el viaje hasta que lleguen a los comensales, pero está seguro que alguien le dará la idea.

Hasta que eso ocurra y reciba un crédito bancario para comprar un terreno y sembrar más papaya, seguirá en lo suyo, elaborando cocteles como el ‘clavo oxido’, el cual prepara junto a mar, con extracto de maracuyá, naranja, granadina y un toque de ron.

Mientras habla de sus planes en la casa de su papá, en la parroquia Súa del cantón Atacames, en el sur de Esmeraldas, donde hay plantas de papaya, su vecino y amigo de años, Wellington Álava, le propone que piense en un centro de acopio, para que los agricultores lleven los canutos y él los exporte. La idea le suena y le ilumina su rostro mulato y de sonrisa tímida.

“Ese muchacho, John, siempre está pensando en cosas nuevas, es pilas. Eso de hacer del canuto de la papaya los sorbetes para su negocio es una buena idea, ojalá lo ayuden”, manifiesta Álava.

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