Ante la compleja situación que se avizoraba, las autoridades, el sector privado y la sociedad en general discutían, desde inicios del año pasado, sobre las dificultades que el Ecuador afrontaría en el 2016.  Lo cierto es que la caída del precio del petróleo, la apreciación de las monedas de países vecinos y competidores, entre otros factores más de fondo que de forma, han generado una peligrosa desaceleración de la economía ecuatoriana.  Sin duda, ante estas circunstancias, todos coincidimos que uno de los retos más importantes que enfrenta nuestro país es cuidar el empleo.

La situación nacional es complicada y esto no hay forma de disimularlo, maquillarlo o atenuarlo; incluso si le queremos poner los adjetivos más diversos posibles: momento difícil, bache, crisis o vacas flacas.  Lo cierto es que justificar la existencia del problema mediante los únicos argumentos de los bajos precios del crudo y la rigidez de nuestro sistema monetario es querer tapar el sol con un dedo.

La economía ecuatoriana ha vivido durante varios años un espejismo sustentado por el oasis de los altos precios del petróleo.  Dicha renta se “distribuyó” parcialmente mediante la construcción de nueva infraestructura de toda índole, necesaria sin duda: escuelas, carreteras, hospitales, terminales portuarias de carga y pasajeros, terrestres y aéreas.  Así mismo este oasis de los petrodólares, inyectados a la economía principalmente por el gasto público, motivó el crecimiento de negocios cuyo principal cliente era el sector estatal.

Otra política que apuntaló el crecimiento de esta burbuja económica fue la posición del Gobierno ante la definición anual del salario básico unificado.  Aquí lo criticable no es el interés de proveer un salario digno a nuestros trabajadores, sino la falta de estímulos para que la productividad vaya de la mano de los incrementos antes mencionados.  Digo criticable porque esa postura, a momentos descuidada respecto de la productividad del país, es en gran medida una de las razones de fondo por la que nos encontramos en este escenario tan complejo.

Partir del problema de la productividad nos lleva a analizar paralelamente cómo el Ecuador se ha vuelto un país caro para producir cualquier tipo de bien.  Ya sea banano, atún, camarón o rosas, lo cierto es que nuestros costos de producción son más elevados que los de nuestros competidores.  Sin duda muchos de nuestros competidores, que no han tenido un fuerte ingreso petrolero, si han trabajado estratégicamente para reducir sus costos, ya sea por la vía de las economías de escala o por el lado de la eficiencia.  En el caso del Ecuador, muy poco hemos hecho en estos últimos años, lo que me lleva a mi punto inicial: Nuestra situación es más compleja de lo que parece porque no hicimos la tarea en su momento y ahora tenemos muy pocas alternativas para salir de ella.

Si en este 2016 debemos esforzarnos por mantener los niveles de empleo cercanos a lo que fueron en 2015, no podemos pensar que con medidas parche las cosas van a mejorar.  Hay que reconocer que el problema es de fondo y que no podemos seguir inmóviles ante una situación que no nos permite competir con países vecinos u otros que producen lo mismo que nosotros.  Si no empezamos a tomar medidas que resuelvan lo de fondo, estamos aletargando la sintomatología de una enfermedad mortal.

Autor:

José Antonio Camposano C.
Presidente Ejecutivo
Cámara Nacional de Acuacultura

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