Tradicionalmente, la productividad en el agro se la ha entendido y circunscrito a los rendimientos agrícolas, cuántos quintales o toneladas por hectárea para tal o cual rubro, porque mucho dependen de ello, los costos unitarios de producción que a la final resultan de dividir el costo por hectárea para la mencionada productividad y su resultado versus el precio de mercado determina si un agricultor, gana, empata o pierde en su “campeonato mundial” cotidiano.
Al igual que nuestra selección en el mundial, en productividad de los cultivos tampoco pasamos a la siguiente fase, nos quedamos eliminados en las primeras rondas. Salvo excepción, en los principales rubros agropecuarios, nuestro nivel de productividad es menor al de nuestros vecinos como regla general, se encuentra además por debajo del promedio mundial y lejos de los rendimientos que alcanzan los países líderes.
Para muestra un botón: en maíz amarillo, Ecuador anda por las 5,5 toneladas/ha, por debajo de Colombia, que están en el orden 5,9 toneladas/ha y lejos del puntero EE.UU., 11,8 toneladas/ha. Y así ocurre en otros rubros como arroz, en los que el promedio de Ecuador es de 5 toneladas por hectárea, mientras en Perú es 8,2 toneladas/ha y en Uruguay 11 toneladas/ha.
La baja productividad es un problema en sí mismo que ocasiona unos altos costos de producción unitarios que le restan competitividad al eslabón de producción primaria y al resto de eslabones en la cadena de valor como un efecto cascada y hace necesario tener altos niveles de protección arancelaria para poder competir con potenciales importaciones.
Pero a la vez, la baja productividad es un síntoma de causas más profundas, que se relacionan con así mismo bajos niveles de innovación tecnológica, tanto en material genético como en el retraso en la adopción de nuevas tecnologías, por ejemplo, mientras nosotros recién entramos a la mecanización agrícola por tractores, en otros países ya están en los drones y se generaliza el riego tecnificado por microaspersión.
Otra de las causas es la falta de asistencia técnica y capacitación sobre todo a los pequeños productores, que son la gran mayoría de los agricultores en Ecuador, un 85% tienen menos de 10 hectáreas y en la Sierra ya no se habla de minifundios o microfundios de menos de 1 hectárea, sino que se ha inventado el término de “huachofundios”, porque son propietarios literalmente solo de algunas hileras de cultivo.
Aparte de insuficiente, esa asistencia técnica y capacitación, muchas veces se encuentra desfasada, repite las recetas de la revolución verde, cuando el mundo avanza hacia la producción sostenible de base agroecológica y la diferenciación por calidad, sumada la agricultura de precisión.
Por último, la productividad no puede ser vista solo como rendimientos de los cultivos sino también en la dimensión del trabajo del ser humano, cuántas horas hombre se requieren para sembrar o cosechar a mano o mecanizadamente, para fumigar con mochila o por drones, para regar por gravedad o con sistemas tecnificados y automatizados incluso de fertirrigación.
En fin, la productividad es una asignatura pendiente y un desafío más complejo de resolver que pasar de 16avos de final en un mundial de fútbol, pero ambos retos requieren de trabajo en equipo y de corresponsabilidad, en el caso del agro del sector público, con las empresas privadas, las entidades de crédito, las ONG, los centros de innovación y la academia, y por supuesto del compromiso y apertura de los agricultores y sus organizaciones para la innovación.
Por: Ney Barrionuevo J.







