Con las semillas de este árbol sagrado ellos pintan su cabello, desde que los ancestros lo revelaran como la cura para el brote de viruela que se desató cuando empezó el intercambio con otras culturas.

Los tsáchilas se peinan con el achiote y encima se colocan el mishilí, una corona de algodón, símbolo de paz.

Un niño pinta su cabello con una pasta hecha de grasa y semillas de achiote del achiote, un árbol considerado sagradas por los tsáchilas, ellos extraen las semillas para peinar su cabello tornándolo rojo intenso, una costumbre transmitida de generación en generación.


El uso del achiote, ‘mu’ en lengua tsafiki, es parte de la identidad cultural tsáchila, que lo considera una medicina potencial.
Cuenta la leyenda, que hace 400 años, cuando se dio el encuentro de los tsáchilas con otras culturas con las cuales empezó el trueque, hubo un brote de fiebre amarilla y viruela y las familias empezaron a morir, hasta que tres chamanes realizaron un ritual con la bebida de ayahuasca.

En ese trance, ellos tuvieron una revelación de sus ancestros, quienes les indicaron que debían pintarse con achiote para protegerse de esos males. Entonces, los tres sabios convocaron a las familias y untaron con el achiote de pies a cabeza a todos, por lo que fueron conocidos como ‘colorados’.

Abraham Calazacón, dirigente tsáchila, señala que ese fruto protegió a sus ancestros. “En cuanto hicieron ese ritual, empezó la cura y se alejaron los males que estaban acabando con las familias”, recuerda Calazacón, sobre la historia contada por sus antepasados.

Indica también que en ese entonces, los tsáchilas tenían el cabello largo como los otavaleños, y como parte del ceremonial se lo cortaron y solo dejaron una parte como el molde de la cáscara del achiote. “Desde entonces, nuestra cabellera pintada es símbolo de vida”, explicó Calazacón.

Las mujeres tsáchilas no utilizan el achiote en el cabello, en su lugar se colocan un símbolo rojo en la frente llamado mui’shika.
Otros de los rasgos identitarios de los hombres tsáchila es el mishilí, una corona de algodón que se la colocan en la cabeza, como símbolo de paz, además, se pintan las piernas  con huito, un pigmento vegetal negro extraído de la selva y conocido como malí.


Lucha
Freddy Calazacón, miembro de la comunidad, señaló que su cultura está en pie de lucha por mantener sus raíces ancestrales. “Los tsáchilas somos una cultura milenaria pacífica con un idioma propio”, manifestó Freddy.

Están divididos en siete comunidades con unos 2.200 habitantes, la mayoría de adultos se comunica en idioma natal, sin embargo, según Freddy,  los niños ya no lo hablan.
El dirigente Abraham Calazacón, señaló que una de las dificultades es el uso de las tecnologías por parte de los niños, para lo cual tienen que saber castellano o el inglés, lo que hace que “la lengua materna se pierda”.

“Esta es una de las preocupaciones, por eso se han organizado centros culturales para el intercambio del aprendizaje de la lengua, de la música, de la danza. Los mayores comparten sus saberes”, concluyó. (F)

Los tsáchilas tenían el cabello largo, desde el ritual de sanación con el achiote lo cortaron”.
Abraham Calazacón
Dirigente tsáchila

Tiempo. Hasta tres meses  mantienen los tsáchilas su peinado con achiote, después de ese lapso lo cambian para que el cabello se pueda renovar.
Etnia. Esta cultura tiene unos 2.200 habitantes divididos en siete comunidades: Poste, Peripa, Chigüilpe, Otongo Mapalí, Los Naranjos, El Búa y Cóngoma.
Idioma. La palabra tsáchila quiere decir ‘hombre verdadero’ en su lengua natal el tsafiki, que está en peligro de desaparecer, pues los niños ya no la hablan.

Se proyectan al turismo comunitario como forma de preservación
El dirigente tsáchila, Abraham Calazacón considera que los conocimientos ancestrales de su cultura están en peligro de extinción. “Estamos en una lucha constante, por eso exigimos que sea tomado en cuenta el patrimonio cultural intangible para  rescatar las costumbres; y en territorio además fomentar los cultivos, el trueque, las mingas, la música, el tejido en telares, las artesanías”, aseveró.

En este contexto, señaló que se proyectan al turismo comunitario con el objetivo de preservar sus tradiciones.
Albertina Calazacón, es de la comunidad Chigüilpe, que tiene 1.200 hectáreas y unos 400 habitantes, quienes tienen una parcela. Ella señala que, para atraer a los turistas, se han implementado centros culturales dentro de las comunas, para quienes quieran conocer sobre esta nacionalidad y para transmitir a los jóvenes sus saberes.
“Se enseña música,

temas artesanales, apuntando a ferias locales y nacionales para difundir la cultura por medio de estas expresiones y aspiramos también a las exportaciones”, indicó. (F)
Mientras los hombres se pintan
el cabello con el achiote, las mujeres se colocan un símbolo en la frente llamado mui’shika.

Patricia Naula Herembás

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