• El cambio climático y la intervención humana, como la minería, son una gran amenaza para la seguridad hídrica de la región.
  • A través de Fonag, su fondo para la protección del agua, Ecuador se enfrenta a estos desafíos de forma innovadora.
  • El secreto del éxito del fondo es que es inclusivo y participan un abanico de personas que aseguran la protección continua de los páramos.

Hace mucho frío. El viento sopla. Una ligera llovizna cae del cielo y el suelo resopla como una esponja empapada con cada pisada. Es un lugar inhóspito y al mismo tiempo fascinante del que la capital de Ecuador, Quito, obtiene el agua.

A 3500 metros sobre el nivel del mar, en los páramos de los Andes, yace el origen de la mayoría de los ríos del país, tanto los que desembocan en el océano Pacífico como los que riegan las tierras bajas de la Amazonía y acaban en el océano Atlántico.

Hay que mirar de cerca para descubrir las sutilezas de un ecosistema que resiste unas condiciones tan extremas; para encontrar la belleza en el musgo colorido —cuyos tonos van de rojo oxidado a verde claro— en la corteza arrugada del árbol de papel, Polylepsis spp., o la hierba Calamagrostis intermedia, que parece un enorme erizo de color crema.

“Este ecosistema es extremadamente sensible. Funciona como una esponja gigante”, dice la bióloga Carla Pérez en una entrevista. “El musgo y la hierba tienen una función importante. Tienen que absorber el agua y almacenarla en el suelo”. Estas cámaras de almacenamiento la liberan lentamente en pequeños estanques, que se convierten en pequeños arroyos, que se convierten en ríos salvajes y, finalmente, en enormes y apacibles corrientes en las tierras bajas de la Amazonía.

Los páramos son muy diferentes de los glaciares, los cuales en verano o bajo un calentamiento inducido por el clima de repente liberan enormes cantidades de agua que pueden transformarse en avalanchas peligrosas. Los páramos son un sistema predecible de almacenamiento de agua, por eso son un recurso estratégico para países andinos como Ecuador.

Ecosistemas amenazados

Unos 12 000 kilómetros cuadrados de Ecuador están cubiertos de páramos. Solo en el área metropolitana de Quito, unos 5 millones de personas dependen del agua que se recoge en los páramos y, en menor medida, en los glaciares que rodean las montañas. Sin embargo, esta reserva natural de agua está en peligro. En primer lugar, a causa del cambio climático que hace que las plagas y los cultivos trepen cada vez más alto por el aumento de las temperaturas. Las patatas, por ejemplo, ya se cultivan hasta a 3700 metros de altitud. Otro peligro es la influencia de los humanos. Los pastos para ganado son un problema porque las pezuñas de los animales comprimen el suelo y reducen la capacidad de almacenamiento. Además, sus excrementos contaminan el agua en la fuente. El despeje de roza y quema también destruye los musgos sensibles y los líquenes, que tardan años en recuperarse, mientras que las carreteras y las líneas eléctricas cortan el paisaje. No obstante, la mayor amenaza es la minería a cielo abierto.

La cordillera de los Andes contiene valiosos minerales, desde cobre a plata, litio y oro. Las empresas mineras no solo están interesadas en los recursos minerales, sino también en la disponibilidad de agua dulce, necesaria para sus operaciones. Las empresas codician los páramos porque conseguir agua gratis allí es mucho mejor que pasar por el costoso proceso de desalinizar agua del mar y bombearla hasta esa altura.

En la vecina Colombia, la corte constitucional protegió los páramos en 2016 y obligó al gobierno a cancelar las licencias de perforación y minería. Los pueblos de montaña celebran referéndums en los que la minería se rechaza de forma habitual. Sin embargo, el gobierno colombiano es reacio a reconocerlo. Eso ha llevado a conflictos constantes, disputas legales y militarización en las zonas afectadas.

Unir fuerzas

Pablo Lloret discute un mapa con el equipo de FONAG. Foto de Florian Kopp.

Ecuador, donde los páramos también están protegidos, ha emprendido un camino diferente, uno que busca unir fuerzas. Gracias a un sofisticado modelo de gestión, el fondo de protección del agua FONAG, existe un ejército de defensores que trabajan juntos, desde empresas a agricultores e instituciones estatales. Todo el mundo es consciente de la importancia de los páramos y los beneficios de protegerlos.

En el pasado, Oswaldo Ayaje no entendía mucho sobre los beneficios de los páramos. Ayaje vive en Oyacachi, un pequeño pueblo indígena a los pies del Parque Nacional Cayambe-Coca. “Nada crecía a esa altitud, ni siquiera patatas, así que el páramo no tenía valor especial para nosotros”, recuerda. Solo las vacas encontraban hierba allí, y tampoco era muy nutritiva.

Las vacas comprimen el suelo, lo cual destruye su capacidad de almacenar agua. Foto de Florian Kopp.

Ahora, Ayaje ya no envía a sus vacas a los pastos de la montaña, sino que cultiva alimentos ricos en nutrientes a altitudes más bajas, cría truchas y es uno de los 20 guardaparques. Todo esto es gracias a la colaboración con FONAG, el fondo para la protección del agua de la ciudad de Quito, para el que trabaja la bióloga Pérez.

Cuando en los 90 el agua empezó a escasear en Quito debido a la persistente sequía, ambientalistas, emprendedores y políticos visionarios forjaron una alianza y en el año 2000 establecieron el primer fondo de protección del agua.

“Es una lucha en la que todo el mundo pone dinero”, dice Pablo Lloret para explicar la idea básica. Lloret es antiguo director de FONAG, ahora es director ambiental de la empresa municipal de agua en Quito, Epmaps. “El estado, el sector privado y los ambientalistas participan. Eso hace que el fondo del agua tenga un carácter inclusivo y cooperativo”, dice Lloret.

Los socios contribuyen con su respectiva experiencia y se monitorean entre ellos, lo cual fomenta la transparencia y la eficiencia. Las colaboraciones con escuelas y universidades ofrecen una base científica y educación ambiental para las futuras generaciones. Muchas universidades han establecido estaciones meteorológicas en los páramos y recopilan datos climáticos para investigar. “También nos beneficiamos de estos datos. Si, por ejemplo, los ríos crecen debido a grandes lluvias, podemos avisar a la gente que vive río abajo a tiempo para que organicen las evacuaciones”, dice Pérez.

En el año 2000 había 6 miembros fundadores: la empresa de agua de Quito, la ONG ambiental The Nature Conservancy, la Cervecería Andina, la empresa municipal de energía, la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación y la productora de bebidas Tesalia. Cada uno contribuyó con 21 000 dólares. El fondo utiliza el interés y un 2 % de las tarifas del agua de Quito para cubrir los gastos actuales y acumular reservas.

El único propósito de Fonag es proteger los páramos. “Le da voz a la naturaleza”, dice Lloret —y, sobre todo, dinero.

Tesalia, la empresa productora de bebidas más grande de Ecuador, es uno de los miembros de Fonag. Foto de Florian Kopp.

El modelo de FONAG inspiró la constitución de 2007 en Ecuador, la cual por primera vez otorgó derechos a la naturaleza. Para Lloret, FONAG tiene varias ventajas: “Tiene un horizonte a largo plazo, es independiente económica y políticamente, está dirigido por expertos con un propósito claro, lo cual lo protege de la agitación política y las crisis económicas que son muy habituales en América Latina”, dice.

En la región, ha sido un modelo a seguir. Desde Brasil a México, los funcionarios públicos y expertos buscan emularlo. El Banco Interamericano de Desarrollo también es seguidor del modelo  ya que encaja en su plan de asociaciones público-privadas.

En la actualidad, hay 22 fondos de protección del agua en América Latina, pero no todos son tan sofisticados ni tan equilibrados como el FONAG de Ecuador ya que, a veces, predominan los intereses privados o son ,en realidad, una herramienta de marketing para las empresas.

Tesalia, el productor de bebidas más grande de Ecuador, dice que está encantado con el modelo. “Para nosotros, FONAG es un socio estratégico con conocimientos técnicos y al mismo tiempo co raíces locales”, dice María Isabel Parra, gerente de asuntos corporativos en Tesalia. “Allí tenemos expertos que pueden aplicar programas de protección junto con las comunidades y trabajar con los ciudadanos. Tener una perspectiva a largo plazo nos da una seguridad de planificación como empresa, ya que podemos asumir que nuestras fuentes seguirán burbujeando en diez años. Nunca podríamos gestionar todo esto solos”.

Un paso adelante en el desarrollo de las comunidades pobres

Las plantas en los páramos absorben agua de lluvia como una esponja y la liberan lentamente, alimentando las fuentes de la Amazonía. Foto de Florian Kopp.

El fondo gestiona y protege los páramos y los hace más grandes comprando los territorios privados adyacentes. También crea nuevas oportunidades para las comunidades de alrededor, que suelen ser muy pobres. Ayaje es uno de los aproximadamente 4000 beneficiarios directos.

“Como guardaparques, me aseguro de que ninguno de los lugareños queme el páramo para plantar cultivos ni deje que sus vacas pasten allí porque convierte el ecosistema en un desierto arenoso”, dice. Poca gente en la comunidad de Oyacachi infringe las normas hoy en día porque destruir el páramo les perjudica directamente. “Muchos de nosotros hemos construido granjas de truchas con la ayuda de FONAG para conseguir proteína. Necesitamos agua dulce para las truchas y esta viene directamente del páramo”, dice Ayaje.

El turismo es una alternativa económica importante para las comunidades.

“Quito está a una hora”, dice Pérez. “Es ideal para excursiones del colegio y viajes de fin de semana y sirve para sensibilizar a los ciudadanos con visitas guiadas de los páramos”.

Ahora hay muchos caminos señalados para caminatas en los parques alrededor de Quito. Los habitantes de la capital descubren cada vez más la naturaleza. El turismo de fin de semana y la artesanía se han convertido en una nueva fuente importante de ingresos para Oyacachi.

Calamagrostis intermedia –la hierba que parece un erizo– es característica de los páramos. Foto de Florian Kopp.

Para estar a la altura de las expectativas para un destino natural sostenible, la comunidad de 700 habitantes está construyendo un sistema de alcantarillado con Fonag, algo que no es común en pueblos de montaña tan remotos. “Para nosotros, hay vida antes y después de Fonag. El fondo fue un gran paso para el desarrollo”, dice el alcalde de Oyacachi, Mauricio Parión.

La conservación de la naturaleza ha valido la pena para los habitantes de Oyacachi. Eso es importante porque un éxito duradero no sería posible sin el apoyo de la comunidad. Y cuanto antes se aprende a apreciar la naturaleza, mejor, dicen los empleados de Fonag.

Por ese motivo, han desarrollado un programa y material educativo para los estudiantes, que no solo es informativo sino también divertido. Al menos, eso parece en la escuela primaria de Machachi. La maestra Guadalupe Bonifa está enseñando a los alumnos de quinto curso un vídeo del páramo. Después, cada estudiante tiene que elegir un objeto de una caja —plantas en miniatura, fotos y animales de juguete— y se reúnen delante de un modelo de cartón del páramo y explican si su objeto es parte de este. Las vacas se descartan; los coches, empresas mineras y las casas también, mientras que las llamas, la hierba y las aves se quedan.

Al final del día, todos gritan juntos: “¡somos los guardianes del páramo!”. Juana, de once años, añade: “sin ellos, nuestros campos se secarían y nuestros animales morirían de sed”.

Imagen principal: Carla Pérez, bióloga, recopila datos de una estación meteorológica en los Páramos. Foto de Florian Kopp.

Artículo original: https://news.mongabay.com/2020/05/in-the-ecuadoran-andes-protectors-of-the-paramos-guard-their-water-source/

Fuente: mongabay.com

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