El reloj marca las 03:00 de la madrugada. Mientras la ciudad duerme y las calles de asfalto descansan en silencio, en el campo la jornada ya ha comenzado. Mercedes Salazar, oriunda de la provincia de Pichincha en Ecuador e hija de agricultores y ganaderos de toda la vida, se levanta para empezar una rutina que no sabe de feriados, vacaciones, ni descansos. Su trabajo es constante: 365 días al año, los 7 días de la semana, las 24 horas del día. Así es la vida en el campo, un esfuerzo invisible para los habitantes de la ciudad, pero absolutamente vital para que los alimentos lleguen a cada mesa. La llegada: Doña Mercedes recibe a las visitas en su hogar con una sonrisa genuina, agradecida de que, por primera vez, las autoridades se hayan acercado a conocer de primera mano el sacrificio real de la vida en la ruralidad. El Representante del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura en Ecuador, Renzo Galgani junto al Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca, Juan Carlos Vega y el Viceministro de Desarrollo e Innovación Rural, Juan Pablo Quezada, se preparan para acompañar a Doña Mercedes en sus labores diarias. En un hermoso acto de comunidad, ella invita a todos a preparar humitas. Desgranar y moler el maíz es un esfuerzo físico considerable. Mientras las autoridades giran la molienda, emerge una cruda y dolorosa realidad: la profunda injusticia de la intermediación. Doña Mercedes relata que a ella, a precio de finca, le pagan apenas $3 dólares por un saco entero de maíz, saco que contiene entre 100 y 120 unidades. Ese mismo saco, tras pasar por hasta siete manos en una larga cadena de intermediarios, llega al consumidor de la ciudad, donde se cobran $1 dólar por apenas 3 choclos. “Ese es el sufrimiento del campo en todos lados”, menciona el Ministro, exponiendo cómo quienes realmente trabajan la tierra son quienes menos ganancias perciben. Después de incorporar todos los ingredientes y una amena conversación, preparando y envoliendo la masa de maíz en sus propias hojas, se dirigen hasta el fogón donde comienza el proceso de cocción. Aquí toca ser recursivos, no existen las comodidades por lo que apilan las tusas del maíz para poder elevar las humitas y no tocar el agua hirviendo, sino se cocinen lentamente al juego del vapor. Aquí se comparte un par de reflexiones, dejando todo listo para empezar el trabajo en la madrugada.
En mis zapatos: El día arranca en la penumbra. Las tareas están marcadas por la urgencia y la necesidad. Bajo el frío implacable que arrecia a las madrugadas en el campo ecuatoriano, Doña Mercedes, acompañada de Don José y las autoridades, camina hacia los corrales. Allí la esperan 16 vacas. Antes, el ordeneño era un trabajo manual, un proceso de exprimir la ubre jalando de arriba hacia abajo, una técnica que requiere fuerza y ??precisión. Sin embargo, las lesiones generadas en sus muñecas obligaron a Doña Mercedes y Don José a mecanizar el proceso, aunque el sacrificio no ha disminuido. El tiempo en el campo es un tirano implacable. “Si llega el señor de la leche y no estamos, se va”, explica Mercedes. Por eso, a las 5:30 am la leche debe estar lista. De este esfuerzo no solo sale la leche fresca, sino también el queso, yogurt, mantequilla y otros derivados que permite alimentar a las personas de la localidad. Pero claro, las vacas no generan la leche del aire. Tienen que ser alimentados. El Representante del IICA en Ecuador invita al Ministro a manejar un tractor para llevar el alimento al ganado. Sin titubear el Ministro sube al tractor y emprende el camino para que estas fascinantes maquinarias naturales, puedan convertir el silo y pasto en este producto nutritivo, la leche.
Reflexión: El cansancio de la madrugada y las penas de la inequidad, se pausan cuando todos se reúnen alrededor del fogón. Las humitas se cocinan, se recolectan los huevos, se separa un poco de leche, se prepara jugo y empieza el momento reflexivo mientras se desayuna. A las 8:00 am, luego de cargar sacos, ordenar, dar alimento a los animales y dejar limpio todos los espacios de la finca, llega el momento de comer. En la mesa descansan las humitas recién hechas, el sabroso queso, los huevos criollos, una taza humeante de café y jugo. Sentados en la mesa y sobre unos troncos, las autoridades reflexionan sobre la desconexión de las ciudades con el campo. A menudo, en las urbes es impensado el sacrificio que hay detrás de un maíz, un litro de leche, un queso o una cubeta de huevos. La pandemia fue un duro recordatorio de que si el campo se detiene, la ciudad no viene.
Entre los comensales surge una honda preocupación: la ausencia de los jóvenes en el trabajo agrícola. Sin embargo, Doña Mercedes sueña con ver a la juventud tomando una yunta, trabajando la tierra suavemente, sin compactarla, pero la migración de las nuevas generaciones hacia las ciudades deja un vacío enorme en el relevo generacional del campo. Al finalizar la jornada y levantar su taza de café en un brindis emotivo, Doña Mercedes no emite palabras de cansancio. Su voz resuena llena de un orgullo inquebrantable, representando a todas las mujeres que, en la sombra de la madrugada, sostienen al país sobre sus hombros. “Mujeres del campo, adelante. Sí podemos nosotras solas y vamos adelante”. En esa frase, Doña Mercedes condensa el coraje, la dignidad y el inmenso valor humano de la mujer rural ecuatoriana, dejándonos una lección de vida que trasciende la pantalla y nos invita a mirar nuestro plato de comida con infinita gratitud.
Este documental realizado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura en Ecuador junto al Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Ecuador, busca visibilizar la realidad del campo, sobre todo de las mujeres rurales. Agradecemos a Mercedes Salazar y la gente que nos acogió en su finca para llevar este mensaje.
¡Gracias por sostener la vida! Crónica elaborada por: Kevin Cruz López.







